TARJETA ROJA APRESURADA
Imposible guardar silencio. La noticia exige pronunciarse. La acusación en contra del ex árbitro Óscar Julián Ruiz entraña no solamente un posible caso de despotismo corporativo sino un debate sobre los derechos sexuales y sus límites legales. Razones de más para que trascendamos el rumor periodístico y ahondemos en la verdadera esencia del episodio, máxime cuando el involucrado es un personaje público de la talla mundial del “Cacharrito”. Para empezar acotemos que el caso presenta coincidencias con el suceso protagonizado por ‘Bolillo’ Gómez: ambos son figuras públicas del deporte y a los dos se les sindica de excesos que –en lenguaje de las abuelitas- atentan contra la moral pública y –en términos de leguleyos- pisan terrenos de lo delictivo.
La confesada golpiza del ex técnico de la Selección a una mujer le costó el puesto (además de la separación marital y el escarnio público) después de una inédita movilización social, encabezada por el género femenino, que expresó su indignación por el inaceptable hecho de violencia. Hernán Darío Gómez no tuvo más remedio que renunciar. La expulsión se tornó en una medida ejemplarizante en un país con un acendrado machismo en donde todavía es vista con normalidad la brutalidad contra las congéneres de Afrodita.
Sin embargo, hasta ahí llega la semejanza. Ni el réferi llanero ha aceptado culpabilidad alguna en la imputación que se le sindica, como tampoco el demandante ha logrado comprobar sus cargos ante una instancia judicial. Hasta el momento todo ha sido rumor. Todo se ha quedado en el murmullo, el morbo y el amarillismo. Ambiente propicio para la especulación, la exageración y la distorsión. Escenario que conspira contra la verdad, es lesivo de la dignidad humana y atropella el buen nombre del recién nombrado instructor arbitral de la Fifa. Cierto es que las charreteras de Oscar Julián no le dan inmunidad para violar la ley, pero tampoco le impiden defenderse y contar con todas las garantías previstas en el estado de derecho. Lo otro –lo que está ocurriendo- no es más que el reino de la informalidad en el que la desinformación y el prejuicio campean.
Asistimos a una lapidación en la que las razones esgrimidas son, principalmente, de talante moral. Basta ver la avalancha de comentarios desequilibrados y soeces de lectores de medios digitales como El Tiempo, El Espectador y Semana que en la parte inferior de las notas publicadas sobre el caso, descargaron su fanatismo religioso y moral sin darse un compás de espera (escuchar la contraparte, por ejemplo –Ruiz estaba en el exterior cuando estalló el escándalo-) y expresando una intolerancia mayúscula que ve en los homosexuales a unos seres ‘aberrados’, ‘anormales’ y ‘enfermos’. Seguimos en la Edad Media. La inquisición no ha desaparecido. Tampoco el Opus Dei. Opiniones insufladas de clericalismo. Dictámenes –además de todo- precipitados ya que ni siquiera el mejor árbitro en la historia nacional ha admitido sus orientaciones sexuales. Y ni que lo haga. No está obligado. Eso pertenece a su fuero interno. El derecho a su intimidad está protegido por la Constitución Nacional.
Estado de opinión de un país pacato, conservador y confesional. Una sociedad hipócrita que ahora se indigna de un supuesto abuso de poder de un dirigente arbitral cuando no fue capaz de protestar por ocho años de dictadura civil en el pasado gobierno. Quien nos entiende. Somos especialistas en prejuzgar. Tenemos una tendencia patológica a destruir a quien antes tanto admirábamos. Ahora resulta que el recordman del silbato es el demonio. No faltaba más. Y lo peor de todo es que prestamos más oídos a lenguas corrosivas como la de Álvaro González Alzate (sí, el mismo que intentó justificar a H. D. Gómez diciendo que si él hubiese golpeado a Piedad Córdoba, nadie lo hubiese culpado) quien afirmó que el arbitraje está tomado por “enfermos homosexuales” ¡Qué dechado de ecuanimidad! Qué ejemplo. Mira quien habla. Un lobo que pone rostro de corderito porque el reinado sobre los jueces (antes todos eran de Manizales) se lo arrebató el villavicense. Ja, ja, ja. Difícil creerle a la pobre viejecita dueña del fútbol aficionado del país.

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Como dijo el filosofo antioqueño "En Colombia se muere mas la gente de envidia, que de cáncer" Martín Emilio "Cochise" Rodríguez
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