Pegó en el palo
El fútbol, el América, la memoria
No puedo empezar esta serie de columnas sin un recuerdo que marcó el paso de mi niñez a las grandes ligas de la vida adulta. En la imagen me veo hecho un mar de lágrimas, sentado en unas escaleras de casa, con la cara escondida entre los brazos mientras mi mamá intenta consolarme ¿La razón de esa tristeza? El gol de Diego Aguirre. Para casi todo el mundo ese nombre no dice nada, pero para la nación escarlata la mención de ese futbolista es evocación de dolor. Hoy, después de 24 años de aquel infausto partido, todavía no me repongo de ese gancho al hígado que me propinó el fútbol. Y, lo peor, de vez en cuando la vida se encarga de volver a enfrentarme a esa terrible escena: en un reciente viaje a Uruguay compré el reconocido Diario El País (el que premia al mejor de América todos los fines de año) y en primera plana estaba una vieja foto de Aguirre celebrando ese histórico gol ante ‘la Mechita’, en páginas interiores había una entrevista en dónde el técnico del Peñarol recordaba esa anotación en la final de la Copa Libertadores de 1987 y lo hacía en los momentos previos a la finalísima con el Santos que se disputó este año. Decidí retar el destino y ver el partido a sabiendas que un triunfo del equipo ‘carbonero’, dirigido por el verdugo del estadio Nacional de Chile, acabaría por derrumbarme. Viví el juego delante de un televisor en Buenos Aires (esa noche la mitad menos uno de los argentinos sufría porque River perdía su partido de ida en la promoción). Fui un torcedor de ocasión y al final el rostro de la derrota de Aguirre no compensó la amargura que seguía taladrándome el corazón desde que América de Cali perdió la Copa a siete segundos de concluirse el partido de desempate en la ciudad de Santiago.
Cuándo eso pasó no tenía la edad del Tano Pasman, ese emblemático hincha de River Plate, pero cada vez que repito ese video de YouTube lo comprendo más: el lazo que nos liga a nuestro club pocas veces es superado por otros sentimientos de la vida. Claro, eso lo digo porque todavía –con la excepción de mi abuelito que murió de viejo- no me ha tocado perder seres cercanos. El despido de un empleo, un rechazo amoroso, una traición de un amigo (cosas por las que todos hemos pasado) no han significado tanto para mí como ver perder cuatro finales de la Libertadores, tres consecutivas, al equipo del diablo. Y al escribir esto me sorprendo: no me han marcado tanto las victorias (13 estrellas y una Merconorte) como las derrotas americanas. También me asombra que no me hayan afligido tanto las eliminaciones de Colombia; bien lo dice mi amigo Lucho Díaz “uno quiere a la Selección, pero ama a su club”.
Por eso, perdónenme la confesión políticamente incorrecta, no puedo querer al DT de Uruguay. Admiro al “Maestro” Tabares. Si. Pero no más. Me conmueve que un profesor de escuela dirija a la mejor selección que en la actualidad tiene Sudamérica, pero ¿cómo voy a querer a quien condujo a un grupo de futbolistas inexpertos a ganarle al mejor equipo –hombre por hombre- que había entonces en la región? David venciendo de nuevo a Goliat. La derrota de la opulencia y el triunfo del potrero, lo sé, no obstante los ricos también lloran y hasta los filisteos tienen corazón y merecen compasión.
¿Existe solución para tal desosiego? Probablemente si, más no la he hallado. Por ahora estoy alerta en FOX SPORTS y ESPN para cambiar el canal cada vez que hacen memoria de la Libertadores. No puedo soportar eso. Sin embargo, a veces bajo la guardia y se cuelan pequeños golpes, el último lo acabo de leer: es una historia bella, pero odiosa para mí, ella narra que el padre de Alberto Goncalves (campeón charrúa en ese juego del 87) también había ganado la Copa y que no pudo asistir al partido de su hijo en Chile y tampoco verlo por TV (eran otras épocas) y se tuvo que enterar, en otro país, por boca de unos extraños que tenían radio…

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